Hoy en día, sabemos que la incapacidad para establecer compromisos supone un gran problema ya que bloquea el avance y logro de nuestros objetivos y sueños, e influye a la hora de establecer relaciones sanas, vincularse con éxito y, por tanto, adaptarse socialmente.  

Según las palabras de S. Lehman Compromiso es lo que transforma una promesa en realidad. Es la palabra que habla con valentía de nuestras intenciones. Es la acción que habla más alto que las palabrasEs hacerse el tiempo cuando no lo hay. Es cumplir con lo prometido cuando las circunstancias se ponen adversas. Compromiso es el material con que se forja el carácter para poder cambiar las cosasEs el triunfo diario de la integridad sobre el escepticismo. 

El experto en liderazgo y coaching James Selman dice: «Yo soy responsable por algo que ocurrirá en el futuro que no ocurrirá en ausencia de mi compromiso». 

La importancia de esta conceptualización, ha calado bastante en la sociedad, sobre todo en el ámbito laboral. Es evidente que hay situaciones que requieren la capacidad de comprometerse firmemente para conseguir éxitos, evolucionar y adaptarnos, pero la mayoría de nosotros no nos percatamos de la cara oscura del compromiso mal gestionado, de las limitaciones que nos puede suponer ni de sus trampas y complicaciones. 

El manejo útil y sano del compromiso en nuestra sociedad és más complicado y extenso, es un arma de doble filo que nos genera muchos retos. El presente artículo pretende clarificar y ofrecer a reflexión algunos elementos relevantes de todo este entramado.  

EL ARTE DE MANEJAR “EL COMPROMISO”  

Des de temprana edad, a través del proceso de educación y socialización, nos damos cuenta que el COMPROMISO es un VALOR que cobra especial relevancia a medida que nos hacemos mayores y vemos que es necesario gestionarlo bien para la adaptación al entorno, la salud psico-emocional e integración y la consecución de objetivos.  

Somos seres sociales y para la convivencia y el buen funcionamiento entre nosotros nos enseñan el llamado “Compromiso Cívico a través de normas sociales y leyes que hay que seguir. Además, en nuestra sociedad, se valora la extensión de este concepto a muchas otras áreas, cómo el compromiso que adoptamos en algunos contextos (trabajo, familia…), el compromiso con las personas (amistad, pareja, hijos…), o el compromiso con nosotros mismos, con nuestros propios valores o creencias. Algunos de estos compromisos son explícitos, incluso a veces escritos (como puede ser un contrato laboral o un acta de matrimonio) mientras que otros son implícitos derivados de normas implícitas, incluso a veces inconscientes e involuntarios.  

Existen muchos tipos de compromiso según dónde pongamos el foco, y esto nos debe hacer pensar que hay que tener en cuenta muchos elementos para construir saludablemente el significado global de este constructo, concepto más complicado de lo que aparentemente parece.  

El compromiso está asociado al concepto de obligación y/o responsabilidad, y se manifiesta siempre dentro de un rol determinado, teniendo en cuenta que, la forma que tiene el ser humano de entender y llevar a cabo cualquier rol viene condicionada por numerosos elementos cómo son las creencias, la experiencia, el conocimiento, la edad, el contexto…esto genera que la forma de percibir, la capacidad de asumir y el impacto psico-emocional de un mismo compromiso sea distinto en una persona u otra.  

Si nos centramos en el aspecto más psicológico, aprender a comprometernos nos ayuda a planificar, orientarnos a nuestro objetivo, no perderlo de vista y mantenerlo, facilitando conseguir nuestra meta. Por ejemplo, cuando nos comprometemos a hacer una dieta, ir a un gimnasio, seguir un tratamiento, conseguir un trabajo, dejar de fumar… cualquier reto que nos podamos poner en la vida, exige un nivel de compromiso, bien con nosotros mismos e incluso con otras personas.  

Es evidente que el compromiso nos ayuda a integrarnos en el grupo, a funcionar correctamente como cuando seguimos las normas sociales, señales de tráfico… pero también nos ayuda a tener autoridad, tener palabra ante los demás y por ende, generar confianza a nuestro entorno, como puede ser el caso de la educación. Unos padres que no mantienen el compromiso con lo que dicen no consiguen autoridad por parte de sus hijos. El valor de la palabra pasa por cumplir lo que uno es capaz de manifestar con sus palabras. Otro ejemplo de esto es la confianza que se genera en una relación de amistad que dependerá de la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, es decir, el compromiso de la palabra nuevamente. Observar gestos de compromiso va asociado a personas serias, maduras, educadas, coherentes con las que se puede confiar, esto puede ayudar, en nuestra sociedad, a la “buena imagen” y para alcanzar gran variedad de éxitos personales. 

Por otro lado, tener la capacidad de comprometerse nos ayuda a obtener sensación de control sobre las cosas o las situaciones. Con los compromisos marcamos el camino. Nos da la sensación que podemos decidir u prevenir que sucederá después, crear expectativas y anticiparnos o guiar al comportamiento, y esto hace que confiemos en la vida, en el otro y en nuestra capacidad. Del mismo modo que, adquirir unos hábitos de pequeño ayuda al niño a tener seguridad i calma.  Siguiendo con esta lógica, si el compromiso nos puede dar confianza y valor en nosotros y en el otro és evidente que ayuda a nuestra autoestima definiendo parte de nuestra autoimagen.  

LO DICHO HASTA AHORA, es solo una cara del compromiso, una manera de entenderlo que, aunque positiva y generalmente muy útil, es insuficiente y a veces puede imponerse con demasiada fuerza sobre otras formas de comprender dicho concepto. Reflexionemos un poco sobre otras maneras que nos pueden ayudar a manejarnos mejor des de un punto de vista psicológico. 

Hay veces que el compromiso nos aleja de nuestro centro y nuestras necesidades más profundas. Asumimos obligaciones que no escogemos, ni siquiera a veces nos planteamos; asumimos compromisos de forma ilimitada en el tiempo sin tener en cuenta que el entorno y nosotros mismos somos inevitablemente cambiantes, por lo que es posible que dichos compromisos nos perjudiquen y nos bloqueen sino los renovamos. Asumimos compromisos sin información ni consciencia de los elementos asociados o implicados o simplemente asumimos compromisos por y para los demás, priorizando la integración al grupo o las necesidades de los seres queridos sin darnos cuenta que es un camino autodestructivo y que, a largo plazo, no ayuda a nadie y mucho menos a nosotros mismos.  

Por ejemplo, los compromisos ya establecidos por norma que se firman en un contrato de matrimonio de forma indefinida, cuando ni siquiera podemos saber si seremos capaces de cumplir, ya que no sabemos cómo pueden cambiar los sentimientos, que recursos podemos tener en determinadas situaciones o que personas o experiencias se pueden cruzar. O el compromiso que hacemos en nombre de la amistad que nos puede suponer un sacrificio y una incoherencia con lo que pensamos o sentimos. E incluso el compromiso implícito que viene dado con el rol de padre o madre es cambiante con los años y la edad, y sino lo renovamos, nos puede alejar de nuestro centro y en ocasiones, traer dificultades en la relación de pareja y con nuestra descendencia.    

Entonces, es claro que el compromiso mal gestionado también puede llevar a la desconexión con uno mismo, a la baja autoestima, a la desadaptación del entorno, a la perdida de libertad personal, al bloqueo de la autorealización, etc.   

Para poder reflexionar sobre la gestión de nuestros propios compromisos puede resultar útil que nos planteemos algunacuestiones:  

  • ¿Qué necesidad cubre este compromiso? ¿De dónde nace?  

Mayoritariamente, en la madurez e independencia, debo tener una conexión con mi esencia personal, dar respuesta a una motivación interna, además de a una demanda que proviene del exterior. Si mi motivación solo proviene de una demanda externa, conviene conectar con la necesidad relacional y/o social y asegurarse que no entra en conflicto con lo personal.  

  • ¿Por cuánto tiempo me comprometo? 

 El compromiso debe ser con posibilidad de renovación, a plazo limitado ya que siempre cambia todo: el contexto, las situaciones y nosotros mismos.  

  • ¿Tengo consciencia e información de los elementos que implican dicho compromiso? 

A veces tenemos información, pero no la queremos ver, nos gana la ilusión del beneficio que nos puede dar a corto plazo dicho compromiso, o simplemente no nos esforzamos para averiguar dicha información.  

  • ¿Es una acción pensada o simplemente una reacción?  

Las reacciones las hacemos por impulso y normalmente desde la desesperación y el intento de cubrir necesidades internas inconscientes. Hacerlo des de este punto no es siempre la mejor opción.  

  • ¿La mayoría de compromisos son conmigo mism@ o son con los demás?  

Esto nos puede dar una idea de nuestra Autoestima y de la importancia que le damos al camino que realmente queremos seguir y no el que los demás desean o esperan de nosotros.  

  • ¿Qué grado de esfuerzo me va a suponer? ¿Es un sacrificio 

Saber mínimamente lo que supone comprometernos en la práctica. Escuchar nuestra intuición y tener en cuenta experiencias pasadas, también para saber si es el momento de asumirlo o no. Debemos conocer nuestros puntos fuertes y nuestras limitaciones y decidir si es lo más conveniente.  

Debemos pensar en la conveniencia o no de un compromiso antes de asumirlo, para uno mismo y para los demás, teniendo en cuenta que ya en muchas ocasiones lo haremos de forma automática e inconsciente y no podremos percatarnos hasta percibir las consecuencias. Entonces, es importante poderse dar el beneficio de la rectificaciónaunque sea en la forma de asumir dicho compromiso.  

¿Te comprometes contigo mism@ a entender el compromiso de una forma más madura y flexible? 

Gemma Vidó Psicòloga Integradora col.16184 

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