Arxius Mensuals: agost 2020

El entramado de las mentiras

Cuando mentimos construimos una realidad alternativa distinta a la que realmente percibimos. Esta realidad la acompañamos con nuestra actitud y comportamiento para hacerla creíble y también la complementamos con creencias que la sustentan y le dan coherencia.

Mentir bien requiere un ejercicio de inteligencia, memoria e incluso creatividad. Es algo difícil ya que si confundimos las dos realidades, la que percibimos y la que inventamos, perderemos la coherencia y la mentira será descubierta. De ahí la frase “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo”.

¿Quién no ha mentido alguna vez? Está en la condición humana desarrollar esta “habilidad” ya que tenemos la capacidad metacognitiva de pensar sobre lo que pensamos. Cuando, en un momento dado, lo que pensamos o sentimos no es aceptado o puede poner en riesgo nuestra supervivencia, podemos usar dicha “habilidad” para sobrevivir.

De hecho, aprendemos a mentir desde pequeños probando y experimentando para intentar cubrir necesidades e intenciones con el menor esfuerzo. De esta manera, vamos descubriendo cómo funciona nuestro “micromundo” y dónde están los límites. Dependerá de la educación, de lo útil que nos haya sido mentir y de la consciencia de las consecuencias, entre otras cosas, que de adultos adoptemos una postura más o menos mentirosa.

Se puede entender que existen muchos tipos, niveles e intensidad de mentiras. Por ejemplo: un niño puede mentir diciendo a su madre que le gusta mucho la comida que le ha preparado, cuando simplemente encuentra la comida “comestible”. O uno puede mentir en el trabajo cuando se conforma con las vacaciones que le han impuesto sin decir a nadie que le parecen injustas. Omitir o no ser 100% sincero se podría considerar que es mentir, pero todos sabemos que actuar así en nuestras relaciones no siempre es possible ni la mejor opción; ni para nosotr@s ni para los que nos rodean.

Entonces, hay que diferenciar entre un no ser 100% sincero, que nos puede ayudar para adaptarnos a un contexto o situación particular (como decir una mentira trivial, concreta, “piadosa” sobre algo lejano a nuestros valores), y una MENTIRA, en mayúscula, que choca frontalmente con nuestras principales creencias y es incompatible con nuestro sentir y nos va a traer y acumular muchos problemas.

Dicho esto, aunque a veces es difícil diferenciar entre esta actitud adaptativa y mentir de forma insana, en este articulo quiero ofrecerte una reflexión sobre las consecuencias i relaciones de ésta última, para ayudar a conocerte mejor y distinguir la diferencia.

Cuando mentimos, al inventar otra realidad, automáticamente creamos un choque de esquemas mentales, a menudo incompatibles, que generan una confusión hasta el punto de engañarnos a nosotr@s mism@s, creyendo nuestras propias mentiras sin ni siquiera ser conscientes de ello, llegando a desdibujar nuestra verdad y por extensión nuestra identidad.

Cuando las personas vivimos en conflicto durante cierto tiempo aparecen consecuencias de malestar emocional como tensión, incomodidad, incomprensión e inseguridad que, si no resolvemos, pueden desencadenar en síntomas psicológicos e incluso enfermedad.

Mantener una mentira requiere mucha energía, atención y memoria. Esto nos puede conllevar un desgaste mental i físico, que se puede hacer permanente, ya que la invención puede requerir de otra invención sin encontrar fin (una mentira lleva a la otra). De esta manera limitamos nuestra libertad y nos convertimos en rehenes dentro de una celda cada vez más pequeña. Una vez entramos en este bucle, dejamos de decir lo que realmente sentimos y pensamos, alejándonos y desconectándonos de nuestro verdadero ser, de nuestra esencia y de lo que necesitamos; perdiendo nuestra capacidad de escucharnos y por ende, de adaptarnos.

Al mentir no aceptamos ni respetamos nuestra forma de ver el mundo y nos estamos diciendo que no está bien sentir o pensar así. Por consiguiente, no aceptamos parte de nosotr@s y juzgamos nuestras creencias y nuestro sentir. Lo que se traduce en cierta forma de autoflagelarse, perdiendo autoestima y autoconfianza. Además, mintiendo no hacemos frente a los prejuicios, miedos e inseguridades que hay detrás, por lo que éstos nos ganan terreno.

En las relaciones, la perdida de confianza y la imposibilidad de establecerlas de forma autentica profunda y satisfactoria, son las principales consecuencias. La mentira en la interacción genera en el receptor que infravalore la palabra del que miente y a la misma persona. El que miente se puede sentir inferior, culpable y rechazado, sobre todo cuando la mentira es descubierta. Además, en las parejas las mentiras fomentan las dinámicas de control y dependencia. En grupo, cuando mentimos perdemos la capacidad de autoridad, influencia y/o “liderazgo” y el atractivo o carisma que nos podría llevar al éxito social, laboral y personal.

¿Si mentir no nos ayuda a largo plazo, por qué seguimos haciéndolo?Detrás de la mentira puede haber muchas motivaciones, la mayoría de las veces inconscientes.

Como hemos dicho, empezamos a mentir en edad temprana para conseguir ciertas cosas o evitar ciertas responsabilidades o consecuencias de castigo o represalias. Si no evolucionamos y nos quedamos en una etapa inmadura, podemos seguir de adultos mintiendo por los mismos motivos.

El miedo a dar una imagen predeterminada y no ser aceptados por el grupo (o por el otro) és una de las principales causas. Vivimos llenos de prejuicios. De pequeños nos han enseñado a categorizar las cosas en “bueno y malo”. Si la realidad que vivimos (percibimos) la consideramos como “mala”, puede que nos sea fácil mentir para no correr el riesgo de ser juzgados ni excluidos y evitar además el sentimiento de vergüenza. Somos seres sociales que necesitamos sentirnos integrados y reconocidos por el grupo, sentir aceptación y validación está en nuestro ADN. El miedo de correr este riesgo, dependerá de nuestra propia validación y aceptación hacia nosotr@s mism@s, y del grado de dependencia emocional en nuestras relaciones. A veces, llegamos a justificar que mentimos para no hacer daño al otro. “Las verdades duelen” es una frase que nos ha calado como sociedad, puede ser cierto, pero a largo plazo nunca duelen más que las mentiras.

A veces, hemos entrado en una dinámica y simplemente seguimos mintiendo para mantener mentiras anteriores y no perder la coherencia, llegando a automatizar la conducta y generalizarla en distintos ámbitos de nuestra vida.

Hay otras mentiras que hasta nosotr@s nos las creemos porque no estamos preparad@s a afrontar y aceptar una verdad demasiado dura (impactante) o opuesta a nuestros principales esquemas mentales. A menudo, en estas situaciones, construimos pensamientos de autoconvencimiento para intentar mantener esta mentira como una verdad. Es el caso de cualquier tipo de negación cuando perdemos de repente a un ser querido.

Si nos fijamos, en general, mentimos para evitar algo (que no queremos hacer, que no nos gusta, que no podemos aceptar, que creemos que nos hace daño o no es bueno…) y mintiendo es justamente cuando más incrementamos el riesgo de provocarlo.

Somos los más perjudicados de nuestras propias mentiras. La mentira es algo que esta en nuestras vidas y es interesante tener presente lo que hay detrás, tanto para conocernos mejor y no caer en sus trampas como para gestionar bien cuando nos mienten; pero esto último ya es otro tema para reflexionar.

Gemma Vidó Psicòloga Integradora col.16184